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Textos de acceso libre
Teoría de los afectos
Su relación con el desarrollo del aparato mental
Dr. José Cukier

El afecto y su molde anterior a la constitución de cada psiquismo singular

Sostuvo Freud que los afectos en un principio no están soldados a las huellas mnémicas, sino que son variaciones tensionales de la fuente pulsional. Las variaciones de cantidad dependen de las vivencias de satisfacción o de dolor, y el afecto desarrollado se constituye en el primer símbolo mnémico, cuyo prototipo es la angustia. Ésta se acompaña de displacer que avanza a una intención de dolor. Éste es resultante de la sobreinvestidura somática la cual produce la ruptura del equilibrio narcisista prenatal. Se completa con una acción motora "acorde a fines".

El trauma de nacimiento y su angustia, es tomado por el Yo real primitivo como una vivencia que fue eficaz para luego crear la angustia señal.

El dolor, residuo de la angustia pero diferente, requiere ser discriminado en: dolor físico, vivencia de dolor, dolor psíquico. El primero se entiende en términos cuantitativos. Magnitudes desbordantes invaden el aparato psíquico que se ve impedido de registrar las cualidades del objeto. El grito es el primer modo de descarga capaz de producir una modificación endógena. Permite un registro cualitativo -porque reconoce el objeto generador de dolor como hostil- y autoriza que la descarga pase a ser controlada por el principio de constancia en vez del de inercia, preparando el camino a la vivencia de dolor. El dolor es anterior a la proyección expulsiva y previamente se genera una investidura narcisista elevada del lugar doliente del cuerpo. La libido narcisista se desprende en un esfuerzo por realizar una contrainvestidura, que se da automáticamente y conduce a un empobrecimiento pulsional global. Freud sustituye el concepto de "descarga interna" por el de "hemorragia interna" que alude a un estado de pasividad, y de inermidad del yo real primitivo.

La energía de reserva que se pierde, es energía del yo destinada a la realización de acciones específicas. Las perturbaciones en las pulsiones de autoconservación derivan de una tentativa de defensa ante una herida narcisista. Merced a la hemorragia de autoconservación, la capacidad desintoxicante y trófica va siendo desgastada por el dolor. Freud dice que en la infancia son característicos el desvalimiento motor y psíquico. Ante la situación traumática, frente a la cual uno está desvalido, conciden el peligro externo y el interno. Acá se liga desvalimiento con situación traumática, sea que el yo vivencie en un caso un dolor que no cesa, o en otro una éstasis de necesidad que no puede hallar satisfacción. La situación económica es, en ambos, la misma. El desvalimiento motor encuentra su expresión en el desvalimiento psíquico. El dolor psíquico requiere de un investidura de nostalgia previa, de un objeto no coincidente con el registro perceptual. Esta falta se convierte en una herida por la que se pierde libido narcisista, lo cual genera recogimiento psíquico. Esto permite diferenciar dolor de angustia. En la angustia hay una modificación somática acompañada o no de alteración vasomotora, presencia o no de descarga que no se da en el dolor, y por fin, en éste una hipertrofia de la intensidad de la investidura representacional. La vivencia de dolor, requiere que la tensión sea soportable y no anule la conciencia, y su constitución puede que sea contemporánea a la del yo real primitivo. La vivencia de dolor genera una sobreinvestidura libidinal del órgano y con ello su inscripción con la representación espacial correlativa.

El enlace entre angustia y dolor psíquico constituye la desesperación, que se da previamente en el soma de la siguiente manera: acumulación tensional, ruptura de equilibrio narcisista, angustia con dolor psíquico como afecto displacentero para equilibrar la tensión. Este displacer que acompaña al intento de lograr una alteración endógena, se encuentra en el molde de la angustia.

La cólera, tambien nominada como ira o furia tiene su molde en las tentativas de descarga ante una tensión del orden del hambre o la sed, que proviene de ciertos órganos y que son percibidos como hostiles. La tentativa es fallida si no se acompañada de la acción específica. Ante el fracaso de la defensa, sobreviene la descarga -inútil- mediante la musculatura voluntaria. La cólera es un esfuerzo de liberarse de un estímulo pulsional mediante la proyección. De manera especular, otro afecto displaciente como el asco, intenta mediante la incorporación, la eliminación de un estímulo sentido como nocivo y que proviene del exterior.

El afecto placentero de la vivencia de satisfacción, es posterior a la alteración endógena generadora de displacer que deviene por la alteración interna. Esta vivencia es el molde de afectos como goce, felicidad, dicha, júbilo, alegría, bienestar, orgullo, humor y el espectro de lo cómico. El afecto placentero, es un cambio particular de cantidad en cualidad, que, desinvestidura mediante, no procura nuevas exigencias al aparato psíquico. El placer se debe al reencuentro sensorial con el objeto, tal como en la vivencia de satisfacción, y al ritmo estimulante de la sensorialidad y la motricidad que replica las variaciones tensionales endógenas de órganos como el corazón, los pulmones y el estómago. Estos primeros ritmos, que implican desinvestidura de libido narcisista, son placenteros a pesar de que no implican el encuentro con objetos satisfacientes. Sin embargo puede conjeturarse que los mencionados órganos no son solamente fuente sino también objetos producidos por la desinvestidura y reinvestidura posterior. En el placer hay entonces: un placer por la descarga, surgimiento de una percepción, recepción de la investidura narcisista con su registro cualitativo construyéndose así el primer ritmo. La transformación de estos moldes primigenios en desarrollos de afectos y la reproducción de los mismos, requiere como condición la conformación de representaciones -de los órganos y de la periferia interior- y así la aparición de los deseos y anhelos. Estas representaciones exigen para su inscripción del matiz afectivo.

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