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Teoría de los afectos
Su relación con el desarrollo del aparato mental
Dr. José Cukier

Relación entre los desarrollos de afecto y la constitución del aparato mental. Afecto, el comienzo del autoerotismo y el Yo real primitivo.

Antes de la constitución del yo real primitivo, el placer se asocia a la disminución de tensión debido a la fuga o a la satisfacción apoyada por un asistente. Cuando no se puede aliviar la tensión endógena se da el dolor; la angustia automática cuando se exige una redistribución de las pulsiones de autoconservación; los ataques de furia que son puestos en marcha por mecanismos expulsivos de naturaleza refleja; bienestar cuando hay satisfacción somática. Algunas palabras acerca del Yo real primitivo. Su conformación responde a una secuencia de momentos. Primero la tendencia a la eliminación refleja de los estímulos. Luego ésta es sustituida por la fuga. Cuando ésta fracasa quedan investidos los estímulos endógenos pulsionales.

Al ligarse varias investiduras de los órganos surge una primera estructura, el Yo real primitivo, que intenta aligerar la tensión por modificación interna en vez de la acción específica. Los afectos apoyados en las pulsiones de autoconservación devienen de vicisitudes económicas. Con el surgimiento del yo real primitivo aparece la discriminación entre los estímulo externos e internos y el principio de inercia inicial se va reemplazando por el de constancia mediante la acción específica.

En estos momentos, cuando las pulsiones sexuales y de autoconservación no son satisfechas pueden alterar la retracción necesaria para el dormir. Surge otro afecto diferente, el sopor o somnolencia que es un producto de la acumulación tóxica de los deyectos metabólicos. Acumulación debida a la falencia de la actividad placenteria materna en la primera etapa de simbiosis. Al surgir las zonas erógenas, aquellas vivencias se complejizan con el placer devenido del autoerotismo que requiere de la motricidad voluntaria -movimiento de la lengua y los labios-.

Otros desarrollos de afecto de estos momentos iniciales son el pánico, terror, frenesí de cólera y de goce.

El pánico, en un aparato psíquico que se encuentra en sus albores, implica la pérdida de aquel que sostiene la articulación de las zonas erógenas. Ante el incremento tensional sobreviene la desorganización psíquica.

El terror implica una situación de crisis con parálisis, que surge cuando la estimulación autoerótica no es satisfaciente de una zona erógena.

El frenesí de cólera se relaciona con que la necesidad creciente, exige la salida del autoerotismo y la satisfacción por parte del objeto. La desorganización del autoerotismo surge cuando un deseo hostil no puede ser llevado a cabo. Esto puede deberse a la ausencia del objeto hostil o bien a que éste, investido con la pulsión de autoconservación, no es satisfaciente. En consecuencia la investidura sexual frustrada, genera la furia que lleva del pricipio de placer al de constancia a al de inercia.

¿Que sucede con el frenesí de goce en el autoerotismo? La autonomía de cada zona erógena impide la satisfacción sucesiva o simultánea. Es imposible porque ninguna zona es dominante sobre la otra. La excepción se daría en el caso de una satisfacción de la necesidad al mamar, porque ninguna necesidad es superior a las otras -como defecar u orinar-.

Afecto y el Yo-placer. ¿En que consiste el placer? Es una cualificación de la cantidad producida por el ritmo, esto es por la serie de incrementos y descensos de magnitudes de investidura en la unidad de tiempo. Esta unidad puede considerarse como el ciclo que va desde la investidura, hasta la resolución de la misma. La resolución se da, cuando hace su encuentro con algún estímulo que altere la fuente pulsional ligada a la necesidad derivadas de la autoconservación. En un momento posterior, con la apertura de las zonas erógenas, los erotismos adquieren sus propios ritmos que son diferentes a los de la necesidad.

Los estímulos externos son placenteros cuando repiten las variaciones internas, lo cual es típico del autoerotismo en el cual hacen su encuentro sensación, percepción, motricidad y desarrollo de afecto. La investidura de la zona erógena conlleva la articulación de las cualidades externas e internas, que se acompañan de vivencias de satisfacción o de dolor y que deben mantenerse en un cierto equilibrio. Este último brinda la posibilidad de sostener la atención y la descarga de placer mediante la motricidad y el registro perceptual. En el autoerotismo ocurre una sobreinvestidura de éste equilibrio, y en la zona erógena hay registro de estímulos perceptuales rítmicos, que se articulan de manera concordante con las variaciones internas de placer-displacer. Esta ligadura de las zonas erógenas se rige por el criterio de la simultaneidad y lleva a una mayor complejidad del tema. Al articularse entre sí las zonas erógenas y las fuentes pulsionales cada cual con su ritmo propio, se producen combinaciones múltiples -un tiempo fuerte para un erotismo puede ser débil para otro y ambos complementarse.- Las cosquillas son un ejemplo de la reunión en una zona erógena de un estímulo sensorial rítmico y un afecto incoercible. Son dos cualidades originadas en fuentes diferentes, una exterior y otra en el cuerpo. Un momento anterior a la descarga placentera (goce), se da una investidura del objeto, posicionado por el yo como un ideal, un enamoramiento, que incrementa la añoranza del objeto que se desea. Este estado es resultado de una proyección y la libido se reencuentra con el yo mediatizado por un objeto.

En el reino del Yo placer la descarga es más intensa. No existe aún la inhibición que luego impone el yo real definitivo, representante de la realidad. El yo no puede inhibir el pasaje del enojo a la cólera o de la impaciencia a la deseperación, afectos que veremos más adelante, y la tarea de inhibición la realiza solamente el asistente. En estos momentos del desarrollo psíquico, se gestan los juicios de atribución, y el yo incorpora lo placentero o útil y lo desatribuído como tal es escupido.

Cuando fracasa la desatribución del gusto-disgusto, se reactiva el primitivo mecanismo de expulsión o fuga por medio de la arcada, inicio de otro afecto, el asco. Pero éste si puede inhibirse mediante la expulsión de la boca. En una etapa evolutiva posterior -genital- con el dominio de la palabra, el asco es usado com expresión de displacer estético.

El asco junto con la verguenza serán luego uno de los diques de la sexualidad. Con la aparición de éste Yo placer, los afectos son desbordantes como resultado de la unificación de las zonas erógenas. La palabra aunque inscrita, aún no puede ser dicha y ésta falta de posibilidad determina los estallidos.

Inicialmente el Yo placer en el que ocurren los estados de pasión, no es sentido como propio y es proyectado, está fuera de sí. Lo que le pasa al Yo placer, es vivido como consecuencia del afecto que desarrolla otro Yo, en posición de ideal, y que es tomado por el Yo placer mediante la identificación.

Cólera, -también llamada furia, ira-, desesperación, goce, son los afectos dominantes que surgen en éste momento. También la consumación sexual, el "éxtasis", suele decirse como que se está "fuera de sí", o momentos de goce o de orgullo como que "no cabemos dentro de nosotros". El enojo es una forma atenuada de cólera, mezcla de afecto y deseo hostil; en un paso más hipertrófico, el yo es dominado por el afecto y se desarrolla la furia, cuando se coarta el deseo hostil. Cuando lo anhelado no coincide con la percepción surge la desesperación como afecto, - mezcla de angustia y dolor psíquico-. El anhelo es un componente fundamental y estructurante, el dolor surge por la pérdida de energía libidinal por el lugar de la herida que certifica la ausencia de lo anhelado.

La impaciencia es una forma menor de la desesperación, y surge cuando frente a lafrustraciónde un deseo devorador se desarrolla el afecto. Mientras que en la desesperación hay un trauma que al producir una herida narcisista, da lugar a la pérdida de libido; en la impaciencia hay una investidura -un deseo- acompañada de un afecto displaciente. Ante la escisión entre el dolor y la angustia -propio de la desesperación- queda solamente la angustia cuando el objeto se aleja. La hostilidad es dirigida hacia otro en posición de indefensión con lo cual el trauma sufre la transformación pasivo-activo. El cambio evita la pérdida libidinal porque el deseo hostil es satisfecho de manera motriz. El fracaso de ésta defensa genera cólera y humillación, afecto correlativo a la pérdida del control de las heces que causan el goce anal. La humillación está constituida por: dolor psíquico porque el Yo no coincide con el ideal -omnipotente en su control cinético-, al que se le adosa un acceso de furia por el fracaso de actuar exitosamente el deseo hostil. Si la defensa es exitosa surge el júbilo que desborda el Yo. La humillación combinada con un estado depresivo, más la nostalgia de aquel que derrotó al yo genera furia por sentir nostalgia, y todo este conjunto complejo se expresa como tedio. Previo a la humillación suele observarse un goce masoquista autoerótico, el Yo se humilla a sí mismo golpeándose o profiriéndose insultos. La vergüenza surge cuando fracasa el deseo de que alguien hostil e idealizado desaparezca de la percepción. Dolor por que el Yo no coincide con el ideal y sentimiento de fracaso para que otro yo desaparezca de la vista, componen la constelación de la vergüenza. Ante el fracaso, el que desaparece de la vista es el propio Yo. Se trata de un deseo exhibicionista frustrado. Este tipo de vergüenza se da en un contexto interindividual, y luego, junto con el asco se desarrolla intrapsíquicamente en la latencia como diques contra la sexualidad. Parece tener su origen en la adqusición de la posición erecta.

Humillación y verguenza son afectos correspondientes a la fase anal primaria. La primera se vincula con el polo motriz y el par sadismo- masoquismo; la segunda con el polo perceptual y el binomio exhibicionismo- escoptofilia.

La somnolencia es otro afecto atemperado de este momento evolutivo. Contiene un cierto grado de tristeza, no inundante, porque la necesidad de dormir impone retirar libido de la sensorialidad, finalidad que se posibilita por la compañía de un objeto transicional.

Como estamos ante un aparato psíquico elemental el resultado de los recursos defensivos suele ser ineficaz. Ha de esperarse la constitución de otros criterios lógicos de enlace de las representaciones -analogía, causalidad intrapsíquica- , que se dan en el Yo-real definitivo para que los desarrollos de afecto displacientes se mantengan solo como amenazas, pero sin desarrollarse.

Afecto y el Yo real definitivo. Hasta aquí hemos dicho que el Yo real primitivo es el agente de las descargas internas y el Yo placer el encargado de registrar las variaciones placer-displacer. Con el Yo real definitivo el recuerdo de las vivencias no necesita ser repetido, y la memoria va cobrando mayor autonomía respecto de la percepción. Este momento de constitución del aparato coincide con la etapa anal sádica, y con ella afectos placenteros activos ligados al dominio, o pasivos ligados a la excreción. Derivados como la pulsión de ver -transformación del deseo de aferrar- y la pulsión de saber, compuesto por el deseo de aferrar y de ver. Este deseo que origina las teorías sexuales infantiles, deviene del esfuerzo de obtener un concepto del ideal. En la relación con éste surge un desarrollo de afecto, la gratitud, en relación al objeto obtenido el Yo mantiene un vínculo posesivo que genera el goce. Cuando a la pulsión de saber de le adosa la crítica a la palabra de aquel que otorga el don, surge la desconfianza. La crítica surge porque el Yo supone un deseo retentivo en el ideal, suposición que se da cuando las palabras esperadas no coinciden con las propias vivencias somáticas. Opuesto a la desconfianza es la convicción ante la palabra, que es un desarrollo de afecto en el Yo por el enlace entre las percepciones y la actividad mental. Agreguemos dos satisfacciones autoeróticas, el placer sadomasoquista de dominar-se en la motricidad voluntaria, y el placer de ensuciarse con la autestimulación anal.

En la etapa anal sádica, el niño supone que su hostilidad puede generar cólera de los padres y como consecuencia teme perder el amor de éstos. El temor a la pérdida del amor inhibe conductas agresivas del niño, y el afecto queda como una señal.

En los celos, debemos diferenciar los edípicos de aquellos que emergen del complejo fraterno. En los celos edípicos distinguimos cinco desarrollos de afecto: dolor por la pérdida de un objeto, humillación ante el fracaso de los argumentos para conseguir el amor de ese objeto mediante un auxiliar, culpa ante la crítica del aspecto autoobservador del Super Yo y el deseo de encontrarse en el lugar del modelo, sentimiento de inferioridad por la comparación del Yo con el ideal y deseo hostil hacia el rival ganador. Los celos del complejo fraterno aparecen cuando surge el lugar del rival en la fase anal secundaria- donde se constituye el complejo del prójimo, las inscripciones por analogía y causalidad y el comienzo de la palabra hablada-. Aún la investidura libidinal del objeto es escasa y el dolor por la pérdida del objeto es dolor por perder la posesión de un don, los otros desarrollos de afecto son similares.

En la fase fálica surge la envidia que tiene el siguiente entramado: el deseo de tener algo, un don que sobreinviste el objeto del deseo y cuya ausencia en el Yo le produce a éste dolor psíquico,una diferencia entre lo que posee el Yo y el objeto. Estos constituyentes generan humillación, autodesvalorización, autorreproches y hostilidad hacia el ideal que distribuyó los bienes. La hostilidad, ante la impotencia de transformar la situación se transforma en furia. En el resentimiento predomina el sentimiento de haber sido víctima de una injusticia, no se extingue con el pasaje del tiempo y el Yo guarda ánimos vengativos que son racionalizados como actos de justicia (pero por mano propia).

Los desarrollos de afecto que estamos describiendo, a pesar de ser displacientes, no pueden aún ser inhibidos por el Yo. La diferencia básica entre envidia y celos consiste en que en la primera, hay un deseo agresivo hacia el ideal vivido como injusto y del cual el Yo queda decepcionado; en los celos éste deseo no aparece. Se ha sustituído a la madre injusta por el padre, y el Yo pretende ser amado por éste. Puede suceder que el Ideal se mantenga en la madre, y el Yo ante el temor de no ser amado por sus deseos hostiles, cambie el desarrollo de afecto agresivo por el sentimiento de no ser amado, sentimiento que no es posible de inhibir. En el goce autoerótico por la estimulación del pene o el clítoris, el Yo tiene una vinculación de enamoramiento, acompañado de omnipotencia, y felicidad por la coincidencia del narcisismo con el autoerotismo. Cuando el niño descubre que su madre no tiene pene surge el horror. Éste se desarrolla a partir de tres deseos: el de encontrar en la madre un doble de sí cuyo fracaso conduce a la angustia de castración, (que es un afecto traumático), un deseo agresivo porque incrimina a la madre como responsable de una falta, un deseo de ser como el ideal cuyo derrumbe genera en el Yo el sentimiento de aniquilación. El horror articula entonces tres afectos, angustia, culpa y aniquilación.

Para mantener este desarrollo de afecto como una señal, el Yo se defiende de la siguiente manera; de la angustia con la represión, de la culpa con la identificación secundaria (que si fracasa lleva a que la culpa sea traumática), con la desmentida de la aniquilación (cuyo fracaso da lugar a un afecto traumático). El fracaso de la desmentida conduce al desarrollo de lo siniestro, porque la maduración del aparato ya permite diferenciar la familiar de lo extraño.

El sentimiento de culpa, en un primer momento implica angustia y dolor por la pérdida del amor, luego el dolor se mantiene como amenaza por que el deseo de la castración materna es reprimido, y queda la angustia frente al temor de la pérdida del amor. La culpa sustituye el temor a no ser amado por los padres, es una consecuencia inexorable de las alternativas de los destinos pulsionales que complejizan el aparato psíquico. Secuencialmente la culpa se va construyendo por: un deseo hostil, luego un deseo libidinal, nostalgia por un estado anterior imaginario, registro de la ausencia de lo anhelado, acusación al Yo nostalgioso y responsable del deseo hostil, desarrollo del afecto culpa. La diferencia entre culpa y aniquilación estriba en que en la primera, la investidura es con el objeto y el derrumbe del ideal queda incluido intrapsíquicamente como instancia, el super-yó. En la aniquilación la investidura es narcisista, y la caída del ideal lleva consigo al Yo, quien se siente desintegrado. El vínculo de ser -identificación primaria-, es afectado por la desorganización del Yo-placer, con coincidencia de los afectos de angustia y dolor.

Recíprocamente relacionado con la culpa surge la desvalorización, en ésta el Yo resulta perdedor en su comparación con el ideal.

Afecto y la formación del Superyo. La dependencia que el Yo tiene del Superyo, genera un amplio espectro de afectos. El deseo de reconocimiento, como expresión de amor del Superyo al Yo y como el resultado de un juicio de atribución. Éste implica una decisión que depende de las palabras que profiere el Superyo al Yo. Se vincula con la autopercepción de la imagen de éste último, y que es correlacionado por el Superyo con los ideales. Su opuesto es el desconocimiento que genera cólera.

Estos estados afectivos se sostienen por el deseo de mantener una investidura del Yo apoyándose en las pulsiones de autoconservación. Anterior al deseo de reconocimiento, correspondiente al tiempo edípico se había desarrollado el deseo de recibir -un don-. Tres afectos derivan de aquel deseo, despersonalización, desrealización, extrañamiento, Freud las unificó como enajenaciones. Se observan como la sensación de que algo de la realidad -desrealización- o del propio Yo -despersonalización- nos aparece ajeno. Sirven para la defensa cuando el Yo quiere desmentir y mantener alejado algo. En el extrañamiento se desconoce un sector del propio cuerpo como propio.

Trataremos de examinar con un poco más de detalle la desrealización. Frente a un sentimiento de culpa que sufre el Yo, aquel se siente amenazado desde el Superyó con el desamor y la desatribución. Como defensa y cuando tiene una vivencia placentera, el Yo apela a la desmentida del juicio de existencia. En la despersonalización el juicio de amor o de odio recae sólo sobre el Yo, y en ambos coinciden el juicio de atribución y de existencia porque solo es aceptado lo bueno y lo útil.

El extrañamiento implica desconocer un sector del cuerpo o de los pensamientos, que se mantenía reprimido por considerárselo amenazante y omnipotente. El mismo irrumpe como síntoma en afectos como el asco y la verguenza. Un sector del Yo expulsa a otro por mandato de un juicio proveniente del Superyó, pero a la vez intenta retenerlo mediante la identificación apoyándose en la pulsión anal. En el asco, un deseo coprofílico oral se convierte en displaciente porque se estableció una articulación entre pulsión oral y anal acompañado de un juicio desatributivo del Superyó al Yo. El juicio de desatribución deviene del autorrechazo de las heces antes tan valoradas y ahora cambiadas de signo.

Pero ¿porque el autorrechazo a las heces? Quizá por el juicio de la finitud del padre que es traumático para el Yo y trata de ser paliado con la incorporación de su carne para darle vida. También como sustituto de un deseo incestuoso reprimido, y por fin como necesidad de castigo siguiendo el destino paterno por los deseos agresivosprevios hacia él, para ocupar su lugar.

Muertos y excrementos se equiparan porque ambos constituyen los primeros objetos erógenos que dan placer y luego se pierden.

Disgusto vincula un afecto, el dolor -sinsabor- con el deseo displacentero de alimentarse de despojos. Malgusto, es un ensamblamiento de amargura y fealdad que deviene de los afectos provocados por impresiones del oído y de la vista, anudadas al gusto. En la latencia el desagrado estético y el dolor psíquico acompañados de angustia, emergen ante la percepción de los genitales femeninos. En ésta época la vergüenza tiene su origen en una burla del Superyó al Yo por los deseos autoeróticos realizados secretamente y por los precoces conocimientos sexuales.

Dos deseos fundamentan la vergüenza, el cognitivo y el masturbatorio. El primero es una transformación del deseo de ver al de ser visto. Con el surgimiento de la pasividad se adjudica un deseo hostil al observador. Este deseo hostil es proyectivo ante el registro envidioso de la diferencia del tamaño del pene del niño con el de su padre, y de la forma en la niña.

En la relación del Yo con el ideal, la desvalorización o denigración es un desarrollo de afecto displacentero originado en el amor e idealización de las heces por el niño. Éste busca identificarse con los excrementos para ser amado por su madre como el ama a sus cacas. Luego con el cambio de signo de éstas, la identificación se vuelve displacentera y se traduce en desvalorización. En la fase fálica, la comparación no es de la caca sino del pene del niño ante su padre o del clítoris de la niña ante el pene de otro niño. Este desarrollo proyectado en la falta de futuro de un deseo constituye la desesperanza. La satisfacción narcisista por haber cumplido con un deber renunciando a un deseo o una tentación, ser virtuoso aún a costa de un formación reactiva ante la pulsión, desarrolla el afecto de orgullo, expresión de la relación Yo -Superyó. Si como consecuencia del esfuerzo se despliega un sentimiento de omnipotencia en el Yo, el afecto placentero es la euforia, donde la relación es entre Yo con el ideal. La frustración de un deseo ambicioso, tributario del erotismo fálico uretral, genera el pesimismo también resultado de la relación Yo-Superyó. En la latencia, la renuncia al amor incestuoso y al autoerotismo por amor al padre deviene en resignación. El Yo debe renunciar al amor y aceptar un fin inevitable que impone la vida. Impulsado por el sentimiento de culpa que lleva a la identificación con el rival caído, la transformación del deseo agresivo deviene en piedad. La transformación se produce porque el Yo que triunfa prevee su destino en el adversario derrotado. Piedad y resignación son afectos, que mitigados, permanecen duraderos en el tiempo. La desestimación de un deseo sádico por el Superyó permite mantener un vínculo de amor con el objeto. Apoyado en el interés por el mismo -pulsión de autoconservación- deriva en la ternura, que también tiene constancia temporal.

Sopor y somnolencia, se coimplican a procesos de admisión y rechazo identificatorio, junto con la tendencia a satisfacer la necesidad de castigo por los deseos hostiles hacia el objeto amado. Todo en el marco de la realidad que impone un trabajo de duelo.

En el humor, el Superyó adquiere un carácter protector del Yo y lo acompaña en condiciones difíciles, sustituyendo al dolor y la resignación. Lo cómico implica un desarrollo de afecto resultado de representar en rápida sucesión o simultáneamente dos formas de representación que se comparan. Como consecuencia se produce un ahorro del gasto energético. Las diferencias sobrevienen entre lo que se espera y lo que aparece, lo propio y lo ajeno y afectan al narcisismo. El contraste se da entre el ideal que el otro Yo tiene y al que pretende llegar más el resultado de tal esfuerzo. En el chiste, el desarrollo de afecto placentero se relaciona con la trasgresión de los procesos retóricos del preconciente que permiten la aparición de los procesos inconcientes. La descarga corresponde a la risa, que es suceptible de inhibición.

Finalmente, recordemos que Freud, diferenciaba angustia real ante un peligro exterior de la angustia neurótica ante un peligro pulsional. Siguiendo ésta línea puede distinguirse cólera realista de neurótica, dolor real -en el duelo- y dolor neurótico sin pérdida objetal, y en otros desarrollos de afecto como por ejemplo en la envidia, la humillación y la verüenza.

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