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La vida por delante
Dr. José Cukier

La sexualidad en la vejez

En los hombres, con mayor evidencia que en las mujeres, el paso del tiempo pone su impronta a través de la lentificación. Pero de ninguna manera significa que no se pueda obtener satisfacción y placer en la actividad sexual.

La sexualidad no tiene límites de edad para exteriorizarse, siempre nos acompaña, solo varía la forma de manifestarse. Puede buscarse la descarga tensional, el placer con el otro, una autoafirmación narcisista, o todo al mismo tiempo, pero el deseo no se interrumpe nunca. En un estado de salud razonable, no hay motivo para que no se puedan continuar experimentando y ejerciendo la función genital, hasta edades avanzadas.

Esta posibilidad, es consecutiva a la disposición previa que el anciano haya tenido para con su sexualidad a lo largo de su vida. Cada momento de la vida tiene sus particularidades, de tal suerte que las comparaciones no deben hacerse con el individuo cuando era joven. Esta actitud es el enemigo del anciano.

Ciertamente que en la mujer, con la menopausia hay una disminución de los esteroides, pero no está comprobado que ello afecte la función sexual. Manifestaciones de dispaurenia y disuria, son consecuencia de la caída de la lubricación y el adelagazamiento fisiológico de los tejidos. Ello puede conducir a la evitación de la experiencia orgástica, reactivándose los viejos tabúes en relación al sexo. Una adecuada terapia hormonal, no significa recobrar la exitabilidad y el goce, pero alivia los trastornos mecánicos, los desordenes neuróticos en cambio requieren del aboraje psicoterapeutico y de la educación.

En la mujer, el ideal narcisista suele pasar por las características físicas hermosas y jovenes. El pasaje del tiempo impone signos irreversibles (arrugas, manchas seniles, gordura selectiva, pérdida de tersura en la piel), que disparan la tensión narcisista.

La reacción depende de la estructura de personalidad dominante, desde el colapso que lleva la descuido, obesidad, desaliño, a exagerar caricaturescamente la juventud. En ambos casos, el resultado es que el interés se vuelca sobre sí misma, y el objeto sexual habitual es descuidado. El resultado es que deja de ser un objeto deseado.

Es sabido que la sobrevida de la mujer en relación al hombre es mayor, por tal motivo, y como consecuencia del sometimiento a pautas sociales, es cada vez mayor el número de mujeres que transcurren su vida durante la tercera edad sin pareja. Muchas se dedican al trabajo social voluntario, otras retoman hábitos masturbatorios como intento de aliviar la frustración a sus deseos.

En el hombre, la situación de desventaja biológica es evidente.

Sin embargo, es importante para el mantenimiento de una sexualidad activa en la vejez, una regularidad de las relaciones. Los factores fisiológicos, psicológicos y sociales que inciden en la función sexual de la tercera edad corresponden a las siguientes categorías.

-El temor al desempeño.

La lentificación normal es tomada como patología e indicador de impotencia. Ahí, la falta de información adecuada genera ansiedad, con intentos de coito estando el pene en semierección que puede potenciarse con una pareja poco lubricada, también por las causas de la edad. La consumación sexual se dificulta y la poca erección se pierde. Estamos en la antesala del colapso narcisista, y las racionalizaciones para evitar las experiencias frustrantes. Lo que es normal, comienza a convertirse en patológico. Incluso desde el discurso médico hay una inducción subliminal patologizante al denominar estas manifestaciones normales como disfunciones.

-Los sentimientos devenidos de la caída del sentimiento de sí.

El intento por compensarlo, exacerba la competencia por el dinero, deportes, honores, trabajo, status, consumiendo la actividad diaria en busquedas vanas. Se reduce la dedicación a la pareja, y el interés sexual decae sepultado por el afán narcisista. El ideal, siempre insatisfecho, perpetúa la insatisfacción, y el anciano está colocado siempre más acá de lo que puede conseguir, y más allá de sus posibilidades instrumentales.

-Las enfermedades.

Cualquier complicación mental o física, opera sobre el decaimiento de la pulsión sexual. Accidentes cerebrovasculares y coronarios imponen una preocupación, pero pasado el episodio, la actividad puede retomarse, solo el miedo a la muerte y la pérdida de la confianza restringe la actividad sexual. La restricción infundada de la sexualidad, genera síntomas más perniciosos que la actividad misma. Ansiedad, depresión, hostilidad son generadas por la inhibición. La diabetes, el alcoholismo son factores de impotencia sexual.

-El aburrimiento.

Se constituye también en factor causal de la falta de interés sexual. La reiteración y la falta de creatividad, el desvío del interés hacia los nietos, actividades sociales o laborales son en verdad factores desencadenantes. Operan sobre situaciones previas compensadas que, con el envejecimiento al caer el interés erótico se exacerban. Las imágenes poco masculinas o femeninas, la falta de cuidado personal acentúan el cese del atractivo sexual.

En la ancianidad la sexualidad no solo persiste, sino que es necesaria, va más allá de la genitalidad y el sentirse necesario, buscado y querido son nuevas formas que autoafirman la femineidad y la masculinidad.

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