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Distanciamiento social en tiempos de pandemia: el dilema del erizo o la solución de Schopenhauer.
Lic. Sebastián Sica

Buenos Aires 1 de abril de 2020.

De pronto, el silencio se apoderó de la ciudad. Si se le presta atención, se advierte que no es precisamente la ausencia del bullicio desprolijo de la rutina. Y mucho menos parecido al silencio que Clarice Lispector describe en su cuento, ese silencio tan vasto y despoblado que “en vano uno intenta trabajar para no oírlo, pensar rápidamente para disimularlo.”[1]

No. Más bien se parece a la tensa calma que, como dicen, precede a las tormentas o a la guerra. Porque produce un oxímoron, un silencio que aturde, un silencio atronador.

Es que una vez más lo Real irrumpió en nuestras vidas, esta vez bajo la forma de una pandemia.

Un virus, como enemigo invisible, comenzó a moverse por la ciudad agitando uno de nuestros fantasmas estructurales, el de la propia muerte.

Y anidando potencialmente en nuestro prójimo, lo transforma en el adversario, así como nosotros mismos lo somos de repente respecto de los demás: barbijo contra barbijo.

Mientras comenzamos a tomar distancia unos de otros, se ha sugerido interrumpir el hábito del saludo corporal y luego se tomaron medidas de cuarentena social que requieren la permanencia en los hogares: el proximus se tornó, de un día para otro, lejano.

Uno de los primeros aportes de Jacques Lacan cuando brindó su nuevo paradigma al psicoanálisis fue el estadio del espejo. Con ello el autor francés desarrollaba las coordenadas estructurales de nuestra relación al semejante, la cual formalizaba con la escritura a-a’, el denominado eje imaginario.

Esa relación bidireccional y atravesada por la lógica del espejo está planteada en términos de “tensión agresiva”, esto es -resumiendo muchísimo- el cuerpo fragmentado y la impotencia motriz del lactante encuentran su rescate primero en la imagen especular y luego en el semejante, lo que da cuenta de los fenómenos de mimetismo y transitividad pero también de los de agresividad: dos que pugnan por un solo lugar, quien gana o quien pierde, quien mata o quien muere.

Para dar cuenta de esa tensión, Lacan recurre a la lógica hegeliana del Amo y del Esclavo, según la cual esa “lucha a muerte por el puro prestigio”[2] culmina y se decide mediante un pacto simbólico, la Ley que implica la palabra. Es un pacto el que resuelve la contienda.

Años más tarde, en el esquema R, ajusta la formalización del eje a-a’ sosteniendo que las relaciones de paridad se dividen entre los semejantes (compañeros, aliados) o las alteridades (rivales, partenaire sexual).

Por supuesto que hay intersecciones entre ambos planos, pero lo interesante de la formalización que nos propone Jacques Lacan reside en la clase de lecturas que permite realizar sobre los vínculos: el vecino puede ser alternativamente aliado o rival, en ocasiones podrá transformarse en adversario o en otras formar “parte del mismo equipo” para luchar contra “los de la vereda de enfrente”, etc.

Así, de pronto, ya declarada la pandemia, el prójimo/próximo, el vecino, queda desplazado estructuralmente al eje del adversario, el que potencialmente “podría causar mi muerte”.

El contexto de cuarentena y el distanciamiento social promueven la polarización de los vínculos hacia la tensión agresiva. Pero lo que hoy necesitamos subrayar, acompañando la opinión de epidemiólogos cuando han recomendado esas medidas, es que justamente en este caso no se trata del prójimo como rival sino fundamentalmente como aliado.

Si bien aún hay muchas incertidumbres respecto del virus y su evolución, hay algunas certezas sostenidas por los expertos:
  1. Hay grupos de riesgo.
  2. Ante la proliferación exponencial de casos, los sistemas de salud no pueden brindar los cuidados imprescindibles a dichos grupos, elevando la tasa de mortalidad.
  3. Ergo, no se trata de la relación particular o individual que se tenga con la enfermedad y el propio cuerpo (“no me da miedo, soy joven, no me importa, nunca me enfermo” o la inversa “sí tengo miedo, no quiero morir, siempre me enfermo”, etc.) sino de la relación de cada uno con el cuerpo social, a los efectos de que no se propague la enfermedad y que el sistema de salud pueda alojar a los casos graves.

A pesar de ello, ha habido quienes declararon en estos días que se trata de medidas exageradas. Por ejemplo, el doctor Pablo Goldschmidt, virólogo argentino residente en Francia, hizo declaraciones invectivas a la OMS y los sistemas de salud, en base a estadísticas, sosteniendo que “este tipo de enfermedades no merecen que el planeta esté en un estado de parate total.”[3]

En este tipo de declaraciones hay que tener presente la maniobra de hacer equivaler las estadísticas con los datos científicos duros. Uno no tiene más que recordar la graciosa anécdota que narra que el crítico literario Samuel Johnson, para negar el idealismo solipsista del obispo Berkley, simplemente pateó una piedra diciendo “Yo lo refuto así.”[4]

La trágica piedra que ahora tenemos que patear para refutar las estadísticas frías del señor Goldschmidt también son numéricas: mientras en China tuvieron que construir nuevos hospitales en cuestión de días, en Estados Unidos predicen millones de posibles contagios y entre cien y doscientos mil muertos; Lombardía tuvo que mandar a cremar cadáveres a otras regiones y en Madrid tuvo que habilitarse una pista de patinaje sobre hielo como morgue: casi mil muertos en 24 horas reportados en Italia y en España.

Es por eso que las medidas de aislamiento social transitorio, que muchísimos países han tomado, de ningún modo pueden resultar exageradas teniendo en cuenta la ética de la solidaridad social en la que, como decíamos, el prójimo podrá ser un aliado para frenar el avance de los contagios sobre los grupos más vulnerables.

Quizás estamos ante la necesidad de recurrir a la solución que el filósofo Schopenhauer brindaba en 1851, en su obra Parerga y Paralipomena, llamada el dilema del erizo.

Sigmund Freud cita la parábola de Schopenhauer en una nota a pie de página de su ensayo Psicología de las masas y análisis del yo: “«Un helado día de invierno, los miembros de la sociedad de puercoespines se apretujaron para prestarse calor y no morir de frío. Pero pronto sintieron las púas de los otros, y debieron tomar distancias. Cuando la necesidad de calentarse los hizo volver a arrimarse, se repitió aquel segundo mal, y así se vieron llevados y traídos entre ambas desgracias, hasta que encontraron un distanciamiento moderado que les permitía pasarlo lo mejor posible». (Parerga und Parali-pomena, parte II, 31, «Gleichnisse und Parabeln» {Símiles y parábolas} [Schopenhauer, 1851c].)”[5]

Ni apocalipsis ni negación, sino siempre, y una vez más, una respuesta solidaria al malestar en la cultura…

Referencias

  1. Clarice Lispector: Silencio, Editorial No te tomes tan en serio, Buenos Aires, 2007, p. 129.
  2. Alexandre Kojeve: La dialéctica del amo y del esclavo, Fausto Ediciones, Buenos Aires, 1999, p. 21.
  3. Hugo Martin: “Para un prestigioso científico argentino, ‘el coronavirus no merece que el planeta esté en un estado de parate total’ ”, en infobae, disponible en: https://www.infobae.com/coronavirus/2020/03/28/para-un-prestigioso-cientifico-argentino-el-coronavirus-no-merece-que-el-planeta-este-en-un-estado-de-parate-total/, consultado el 30 de marzo de 2020.
  4. Stephen W. Hawking: Historia del tiempo, Editorial Planeta, Argentina, 1992, p. 37.
  5. Sigmund Freud: nota a pie de página, en “Psicología de las masas y análisis del yo. VI. Otras tareas y orientaciones de trabajo”, en Obras completas, Volumen XVIII, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1976, p. 96.

 


Acerca del autor:

Lic. Sebastián Sica
Licenciado en Psicología, egresado de la Universidad de La Plata.
Psicoanalista, integrante del Campo de Investigaciones Lacanianas (C.I.L.) de la Plata.
Ex integrante de la cátedra de Clínica de Adultos y Gerontes (U.N.L.P).
Docente y supervisor de Residentes de Psicología en Hospitales de la Provincia de Buenos Aires.
Autor del blog Leer a Lacan y de diversos artículos en revistas dedicadas al psicoanálisis.
Docente en cursos de posgrado.


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